Arnoldo Corrodi, Castañero en via Sistina, 1867
Vida cotidiana
La imagen que se ha transmitido del pueblo de Roma en los siglos XVIII y XIX es viva y sugerente.
La ciudad ha sido descrita, pintada y fotografiada a partir de la segunda mitad del siglo XIX en toda su opulencia y su pobreza, básicamente por los extranjeros que pasaron un tiempo en ella.
La vida cotidiana del pueblo fue siempre motivo de inspiración y por ello dejó imagen de sí misma filtrada e interpretada por el gusto y la sensibilidad de los artistas que la retrataron.
De hecho, la mayoría de las representaciones son realistas y permiten intuir la complejidad de una forma de vida muy condicionada por la pobreza.
La vida cotidiana de la clase popular se alimentaba de un universo de valores y costumbres, legado de la historia y, sobre todo, del indómito sentido de sí mismo que el pueblo romano había adquirido a lo largo de los siglos.
La vida cotidiana de la ciudad se centraba en la casa y desde ella se propagaba por las callejuelas y barrios y se consolidaba a través de una densa red de intercambios y solidaridad entre el vecindario. Solamente en casos excepcionales se extendía a otros distritos o más allá de las murallas, a la zona rural.
La ciudad y el campo se comunicaban con el tranjín de carros habilitados para transportar el vino y otras mercancías necesarias. Las casas, los talleres, las iglesias, los lavaderos, los mercados (que solían contar con la presencia del escribano público) estaban conectados por unos recorridos habituales, del mismo modo que en las distintas ocupaciones y oficios se realizaban siempre las mismas acciones, tanto a lo largo de la jornada como a través de las estaciones.
Durante el siglo XIX las tradiciones poco a poco se fueron alterando y difuminando hasta desaparecer tras la unidad de Italia.
-
El mercado del pescado
- El lavadero
- El horno de pan
- La religiosidad
- El traje popular romano: los "minenti"
El mercado del pescado
Samuel Prout, La pescadería en Pórtico de Octavia, 1824 ca.
A principios del siglo XIX el pescado se vendía en el Portico d'Ottavia así como en la plaza del Pantheon, en la via del Panico y en el Corso. Pero la opinión pública empezaba a pensar que no era muy compatible la salvaguarda de los monumentos más ilustres con la presencia de los puestos de venta.
Precisamente para proteger la dignidad del Panteón, Pío VII (1800-1823) mandó construir un nuevo emplazamiento para la venta de pescado en via delle Coppelle (el permiso de obras data de 1821), al timepo que prohibía la venta de este producto en cualquier otro lugar que no fuera el Portico d'Ottavia y en las dos plazas dei Monti y de Scossacavalli, esta última desaparecida para abrir la via della Conciliazione.
Tras la unidad de Italia se decidió trasladar el mercado del Portico d'Ottavia a la plaza San Teodoro. El pescado entraba en la ciudad por la puerta Portese y por la de San Paolo y, con la nueva ubicación del mercado, se evitaba que las mercancías tuvieran que cruzar la ciudad.
El nuevo mercado, ideado por el arquitecto Gioachino Erzoch, contaba con tiendas para la venta, tribunas para los rematadores de subasta, una calle de paso para los carros e iluminación nocturna, además de un sistema de riego pensado para mejorar las condiciones higiénicosanitarias.
El mercado del pescado estaba especialmente concurrido la víspera de Navidad ya que la tradición exigía que la cena de Nochebuena fuera a base de pescado y verduras.
La venta de pescado al por mayor (el cottio, del latín medieval coctigium) comenzaba al amanecer y transcurría como una subasta tradicional. Para los tratos se empleaban términos de una jerga que sólo entendían los vendedores llamados cottiatori y los compradores, que solían ser vendedores detallistas, taberneros o cocineros de las grandes familias romanas. Todo ello lo convertía en un auténtico espectáculo que disfrutaban tanto señores como señoras, romanos y forasteros quienes, si la noche era agradable, no dudaban en acudir.










