Arnoldo Corrodi, Castañero en via Sistina, 1867
Vida cotidiana
La imagen que se ha transmitido del pueblo de Roma en los siglos XVIII y XIX es viva y sugerente.
La ciudad ha sido descrita, pintada y fotografiada a partir de la segunda mitad del siglo XIX en toda su opulencia y su pobreza, básicamente por los extranjeros que pasaron un tiempo en ella.
La vida cotidiana del pueblo fue siempre motivo de inspiración y por ello dejó imagen de sí misma filtrada e interpretada por el gusto y la sensibilidad de los artistas que la retrataron.
De hecho, la mayoría de las representaciones son realistas y permiten intuir la complejidad de una forma de vida muy condicionada por la pobreza.
La vida cotidiana de la clase popular se alimentaba de un universo de valores y costumbres, legado de la historia y, sobre todo, del indómito sentido de sí mismo que el pueblo romano había adquirido a lo largo de los siglos.
La vida cotidiana de la ciudad se centraba en la casa y desde ella se propagaba por las callejuelas y barrios y se consolidaba a través de una densa red de intercambios y solidaridad entre el vecindario. Solamente en casos excepcionales se extendía a otros distritos o más allá de las murallas, a la zona rural.
La ciudad y el campo se comunicaban con el tranjín de carros habilitados para transportar el vino y otras mercancías necesarias. Las casas, los talleres, las iglesias, los lavaderos, los mercados (que solían contar con la presencia del escribano público) estaban conectados por unos recorridos habituales, del mismo modo que en las distintas ocupaciones y oficios se realizaban siempre las mismas acciones, tanto a lo largo de la jornada como a través de las estaciones.
Durante el siglo XIX las tradiciones poco a poco se fueron alterando y difuminando hasta desaparecer tras la unidad de Italia.
El horno de pan
Adriano Trojani, Interior de una panadería, 1844
A mediados del siglo XIX los panaderos romanos horneaban y vendías diversos tipos de pan. Los llamados fornai da stufa o venali hacían pan blanco en forma de panecillos y hogazas de primera calidad "únicamente con la flor de harina más fina”, cuyo precio era el más caro. También estaban los casareccianti o casarecci que vendían hogazas de segunda y tercera calidad, más baratas. A su vez, los fornai da stufa también se distinguían entre sí por las diferencias de precio de sus productos. Sin embargo, la mayor parte del pan se compraba a los vendedores minoristas, los llamados orzaroli. Tanto la panificación como la calidad de los productos estaban más condicionadas por la demanda de los consumidores que por las normas gubernativas.
Hasta unas décadas atrás, a los casareccianti se les llamaba baioccanti porque vendían el pan a bajocco, es decir, siempre al mismo precio, aun bajocco: lo que variaba era el peso y el tamaño de la hogaza, que se variaba en función del precio del trigo que imponía el Pontífice.
La panificación se realizaba durante la noche. El amasador amasaba la harina en la masera, formaba las hogazas y luego vigilaba la fermentación. El pesador pesaba y cortaba la pasta en porciones según el peso que se deseaba obtener una vez cocido el pan. Luego el hornero regulaba el calor del horno y vigilaba la cocción.
Algunos panaderos, tanto venali como casarecci, también vendían sémola y pasta. Todos debían tener las tiendas abiertas hasta las tres de la madrugada. La costumbre de hacer el pan en casa no estaba demasiado extendida, salvo entre los aristócratas y en las instituciones benéficas que se encargaban de distribuir pan entre los pobres.
El pan, elemento básico de la alimentación popular, estaba sujeto a prescripciones y prohibiciones arraigadas en las costumbres cotidianas. Por ejemplo, las hogazas nunca debían ponerse del revés sobre la mesa (“si no, llora la Virgen”, advierte Giggi Zanazzo) y, si un trozo de pan caía al suelo, había que recogerlo, darle un beso y, si se había ensuciado demasiado para comer, había que echarlo al fuego, nunca tirarlo.










